miércoles, 4 de julio de 2018

¿En qué mundo vivimos?

Estoy leyendo un libro que me resulta muy interesante. Se trata de Resistencia, un año en el espacio. Su autor, Scott Kelly, es el astronauta que, a fecha de hoy, tiene el récord de permanencia en el espacio. Este libro describe la vida de su protagonista. Hijo de una familia americana, más bien pobre,  con problemas para acabar su bachiller. En un determinado momento algo le hace cambiar, y desde entonces lucha por conseguir su objetivo: ser astronauta. ¡Y lo consigue!


He leído hasta ahora un tercio del libro. ¡Y me gusta mucho! Su lucha por conseguir un objetivo imposible, por logra un sueño. Su esfuerzo, los consejos de las personas que le quieren y le hacen mejorar. Además es una lectura amena y sugerente. Si además te gusta el tema del espacio, encuentras detalles curiosos sobre la vida en la estación espacial internacional.

Lo que motiva esta entrada no es el libro. Que quizá lo merece. Ya veremos cuando lo acabe. Lo que me ha sorprendido es la historia que cuento a continuación.

Al principio del capítulo siete del libro, cuenta una anécdota que le ocurre estando en la estación espacial. Al despertarse una mañana, desde Tierra le avisan de que debe sacrificar uno de los ratones que tienen allí para diversos experimentos científicos. El ratón está "sufriendo". Efectivamente lo encuentran con una pata arrancada. Quizá por el mordisco de otro ratón o por él mismo.

Lo que me sorprende es la reacción de los astronautas. Se quejan de que les han pasado el aviso después de despertarse, puesto que los controladores no querían interrumpir su sueño. Su descanso es importante para completar bien su misión. Y proponen a los controladores de tierra que, en casos semejantes, les avisen inmediatamente. No quieren que un ratón sufra sin necesidad.

¡Bien por los astronautas! Son capaces de sacrificar su descanso para evitar el sufrimiento de un ratón. Pero, en contraste, nos encontramos con la situación de tantos miles de personas que se juegan cada día su vida para alcanzar Europa cruzando el mar en barcas de juguete. ¡Y en Europa no los queremos! ¡Hay países que no los quieren acoger! ¡Hay dirigentes, con mando, que quieren cerrar sus fronteras y mandarlos de nuevo a la desesperación!

¿En qué mundo vivimos? ¡Nos preocupamos por un ratón que sufre y despreciamos el sufrimiento de miles de personas que están sufriendo mucho más! Hace poco leí una poesía que me impresionó: Hogar. Escrita por Warsan Shire una poetisa nacida en Kenia, que con un año emigró con sus padres a Londres. Creo que deberíamos hacérnoslo mirar. Y reflexionar. Y ser consecuentes.

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